Los fantasmas de Goya, aquellas personas sin rostro, sin identidad, sin huella, borrados de la sociedad como chivos expiatorios de la ambición insaciable de aquellos que siempre deciden. La nueva película de Milos Forman (Amadeus (1984), El pueblo Vs Larry Flint (1996)) “Los fantasmas de Goya”, está precisamente dedicada a estos seres, en una revisión fantástica de la obra del exitoso pintor español del siglo XVIII, que se presenta como perfecta excusa para hablar no sólo de su contenido artístico sino para contextualizar una época llena de ambigüedades religiosas y políticas, en las que se debatía el pueblo español de la época, que resultaba víctima del vaivén de convicciones
a las cuales debían responder.

a las cuales debían responder.

Así es como Inés Bilbatúa (Natalie Portman), modelo frecuente de los cuadros de Goya, es requerida en el santo oficio inquisidor a consecuencia de una acusación absurda que la tildaba de judía, hecho que en aquella época no significaba otra cosa que la herejía.
A partir de allí veremos el sufrimiento de la joven a manos de la iglesia que, con métodos de crueldad, juzgaban a estos supuestos impíos. Al tiempo conoceremos a Lorenzo (Javier Bardem en una de sus ya usuales excelentes interpretaciones), un clérigo abanderado de las ideas inquisidoras pero con una conducta privada bastante cuestionable.
Este filme es contado desde la desesperanza, desde una visión pesimista de una época turbulenta, no por la situación de guerra, sino por la decadencia moral de aquellos plantados en posición de poder, entregados a la ambición, a la sed de dinero y lujos, dándose licencia de cambiar convicciones a razón de conveniencia. Instituciones sostenidas por mentiras y más aún, por delitos y crímenes en pro de cubrir sus pecados.
Es entonces desde esta perspectiva que cobra sentido cada una de las imágenes de Goya. Aquellos grabados grotescos describiendo personajes deformes en una mueca interminable, con sus rostros desfigurados, cuerpos sumidos, abatidos, vencidos por el dolor incesante, por la crueldad de una realidad abrumadora, casi imposible, casi pesadilla. Ante tal panorama, el sentido de la belleza también se transfigura y es precisamente este hecho el que podemos leer en la obra de Goya y que Milos Forman logra trascribir en su película.
Cada uno de los planos está pensado como si de una pintura más del maestro se tratara. El vestuario no sólo se apega estrictamente al uso de la época sino que describe a la perfección la estética manejada por Goya a través de su obra. De la misma manera es necesario resaltar el trabajo de maquillaje, logrando una sorprendente transformación sobre el físico de Portman, tornándola en una mujer desfigurada por los rigores de la tortura inquisidora. El final del filme nos lleva a una secuencia de las imágenes representativas en la obra del pintor español, mostrándonos detalles de sus cuadros a medida que los créditos avanzan. Una razón más para no dejar el asiento hasta que la última de las imágenes se desvanezca, dejándonos tan sólo con la sensación de aturdimiento y de comprensión profunda del sufrimiento.
Por: María Fernanda Espinosa
Imágenes: Cortesía Babilla Cine
A partir de allí veremos el sufrimiento de la joven a manos de la iglesia que, con métodos de crueldad, juzgaban a estos supuestos impíos. Al tiempo conoceremos a Lorenzo (Javier Bardem en una de sus ya usuales excelentes interpretaciones), un clérigo abanderado de las ideas inquisidoras pero con una conducta privada bastante cuestionable.
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Es entonces desde esta perspectiva que cobra sentido cada una de las imágenes de Goya. Aquellos grabados grotescos describiendo personajes deformes en una mueca interminable, con sus rostros desfigurados, cuerpos sumidos, abatidos, vencidos por el dolor incesante, por la crueldad de una realidad abrumadora, casi imposible, casi pesadilla. Ante tal panorama, el sentido de la belleza también se transfigura y es precisamente este hecho el que podemos leer en la obra de Goya y que Milos Forman logra trascribir en su película.
Cada uno de los planos está pensado como si de una pintura más del maestro se tratara. El vestuario no sólo se apega estrictamente al uso de la época sino que describe a la perfección la estética manejada por Goya a través de su obra. De la misma manera es necesario resaltar el trabajo de maquillaje, logrando una sorprendente transformación sobre el físico de Portman, tornándola en una mujer desfigurada por los rigores de la tortura inquisidora. El final del filme nos lleva a una secuencia de las imágenes representativas en la obra del pintor español, mostrándonos detalles de sus cuadros a medida que los créditos avanzan. Una razón más para no dejar el asiento hasta que la última de las imágenes se desvanezca, dejándonos tan sólo con la sensación de aturdimiento y de comprensión profunda del sufrimiento.
Por: María Fernanda Espinosa
Imágenes: Cortesía Babilla Cine

